EPISODIO XLI
¿Una nueva esperanza?


Buenos días, compañera.

Me levanto cada mañana contigo, y aun así no te conozco. Hay que distinguir (porque hay un o unos terceros, que son los que me leen) entre la persona física que eres, que vive en el pueblo tal, casada con tal, y con tal profesión, una mujer recién entrada en la cuarentena, y la versión de ti con la que me levanto, la que se quedó a los veinticinco y que cada mañana, o bien me increpa y me insulta, o bien me suplica.

Tengo cuarenta y un años. He tomado decisiones de las que me arrepiento, y sin embargo no me queda otra que vivir con ellas. Cuando pienso en las razones por las que me siento desgraciado, sólo se me ocurren dos: no he logrado ser el artista que quería y no he logrado tener la vida que quería.

Sobre la vida, poco hay que decir. Ya sabes bien que siempre he tenido "eso" enquistado. Lo carnal ha sido siempre un terreno terriblemente complicado para mí. Cuando era adolescente tenía la excusa de la timidez (que en los adolescentes tiene cierto encanto, pero en los cuarentones resulta ridícula). Siempre me creía enamorado sin esperanza, porque la falta de esperanza te exime de fracasar. Y así, cuando me declaré después de un verano infernal, cierta parte de mí se preparaba ya para la negativa.

Aquí tengo que hacer un inciso. Me imaginaba una negativa, de acuerdo. Pero no me imaginaba ocho años de tortura de una niña caprichosa que siempre quiere todo a cambio de nada. Todo debería haber acabado en un principio: Tú proporcionándome un tajante "no", yo sintiéndome desgraciado un par de meses, y todos olvidándonos de ese momento sonrojante. Pero ese Vía Crucis interminable... Esa traición, esas manipulaciones, esas mentiras continuadas, esa indecisión... No debió ser así.

Volvamos sobre la vida. Por diversas razones (entre ellas la que imaginas) cogí miedo a lo carnal. Mis pocas experiencias hicieron poco por hacerme perder ese miedo, y así el sexo se ha quedado en mi memoria como un complicado ejercicio gimnástico que siempre me sale mal. La masturbación, con todas sus culpabilidades judeocristianas, siempre fue un terreno menos resbaladizo.

Pero el problema no es lo carnal, sino lo que conlleva lo carnal. Todos los amigos que ya son padres (o madres, como tú), imaginarse uno de viejo, el vértigo de la decrepitud y de la muerte en soledad. Carecer de hijos a los 41. Carecer de casa propia a los 41. No dirigir un pequeño departamento en una empresa a los 41. No tener carnet de conducir a los 41.

Tal vez, si en los momentos más frágiles hubiera encontrado a alguien que tuviera paciencia con mi timidez y mis inseguridades gimnásticas, en lugar de sugerirme cobarde y condenarme al desprecio por no estar dispuesto a dar todo a cambio de nada (sí, de nuevo te vuelvo a culpar) ... Pero soy injusto, porque sí he encontrado esa paciencia... en quienes no deseaba. Hubo quienes se confundieron y me amaron, descubriendo cómo de cerrado puedo ser, y cómo de cruelmente puedo rechazar. Yo he sido el artífice de gran parte de mi propio aislamiento.

Lo cierto es que el músculo de ilusionarme se me marchitó rápido, cansado de las desilusiones. Así pues, ahora imaginar todos los pasos que tengo que dar para alcanzar "una vida satisfactoria" se me hace terriblemente cuesta arriba: Gustar a quien me gusta, encontrar a alguien paciente, y durar, y no cansar, y no cansarme...

Así pues, la vida no. ¿Qué me queda? El arte. Porque así me veía desde muy pequeño - como en ese cómic que dibujé a los cinco años y aún reposa en un cajón en mi casa paterna -, como un genio en potencia, un futuro Oscar Wilde creador de un nuevo lenguaje.

¿Y qué he hecho hasta ahora? Nada. O muchas pequeñas cosas que no han llegado a nada, y que siempre están "en el camino de". Y vuelvo a repetir: tengo 41. Cuando leo las vidas de todos a los que admiro, ya habían comenzado a los veinte o a los treinta. Algún caso especialmente sonrojante: Albert Camus a los 18, Arthur Rimbaud a los 16. Y no, mi nombre no empieza por "A".

La esperanza de vida en España son 80 años. Alguna gente muere a los 70, hay quienes a los 60 mueren y no hacen el ridículo. Pero digamos que, a los 80, se espera que inicies el largo camino a la órbita de Orión. A los 41, ya has rebasado la mitad de tu vida. Si querías ser algo -escritor, trapecista, corredor de apuestas, "broker" de la bolsa o linotipista-, ya deberías haber empezado. Ya no tienes excusa. Si a los 41 años no “eres eso”, es que eso no tenía que suceder.

Sí, de acuerdo, hay contraejemplos. Henri-Pierre Roché publicó su primera novela a los 74. Pero son pocos, y cuando me enfrento a la hoja en blanco y soy incapaz de encontrar la fortaleza de ánimo para vencerla, esos contraejemplos no me sirven, no me tranquilizan. Porque me veo inútil e incapaz, y siento que todo lo que pude escribir en otra época fue un espejismo.

Separo la vida del arte, y no debería hacerlo. Te contaba que cada mañana me levanto contigo (o con la "tú" de veinticinco añitos, con su rotundo sex-appeal y su encantadora inconstancia, increpándome e insultándome) y a veces me digo que, claro... ¿Cómo espero elaborar argumentos, imaginar historias, desarrollar personajes, cuando no soy capaz de destinar más que una pequeña parte de mi cerebro a no compadecerme, o a la tiranía de lo rutinario?

Ni vida, ni arte, pues. El arte, así lo siento, era la última barrera. "Vivo solo y desgraciado, pero al menos lo que escribo es hermoso". Faltando eso, ¿qué me queda?

A veces tengo la necesidad de ayuda, de que me ayudes, de que me ayude alguien…

(Nada es tan trágico, tú lo sabes. Pero hoy, esta noche, lo siento así.)

(Y también te echo de menos. Y siento que todo terminara así, y no poder hacer ahora nada. Que todo quede en el olvido. Que todo esté atado y bien atado a día de hoy, que no se pueda cambiar. Que yo buscara ese “no poder cambiarse”, y ahora tenga que alimentarme de ese licor amargo. Por eso gran parte de esa rabia que no logro resolver.)

Buenas noches, compañera.